sábado, 25 de abril de 2015

LA ENCEFALIZACIÓN Y UN ÁTOMO DE OXÍGENO

EL ÁCIDO SIÁLICO EN LAS CARNES ROJAS 



Ajit Varki
En la década de los noventa se descubrió el primer rasgo genéticamente único compartido por todos los humanos, pero ausente en todos los simios. El lugar de este descubrimiento era poco prometedor para la residencia del alma ya que carecíamos de una encima para agregar un solo átomo de oxígeno para tener la proteína común a simios y resto de los mamíferos.
La importancia de este hallazgo radica en que fue la primera diferencia bioquímica detectada entre humanos y chimpancés, aunque la diferencia de lo que nos hace humanos no puede atribuirse a la expresión o ausencia de un solo gen solamente, sino que en ello están comprometidos varios genes reguladores de otros efectos, pero puede considerarse como el primer paso para controlar el rechazo a xenotrasplantes y otra vuelta de tuerca en el camino para entender la hominización.
En 1984, el joven médico de origen hindú Ajit Varki, de la Universidad de San Diego, aplicó un tratamiento convencional con suero procedente de caballos intentando detener la destrucción de las células T de una paciente con insuficiencia de la médula ósea. Dicho suero también era conocido por  provocar una reacción llamada “enfermedad del suero” y cuya paciente no fue la excepción. Varki asumió que el asalto al sistema inmunológico no sólo se debió a las proteínas procedentes de una especie diferente. Espoleado por la curiosidad por una forma de alergia única de los humanos a un tipo concreto de azúcar (un ácido siálico llamado N glicolil ácido neuramínico- Neu5Gc) que se encuentra unido a proteínas en el suero animal y es el responsable, a menudo, de la fuerte reacción alérgica de algunas personas cuando se les aplica suero procedente de caballo contra la mordedura de serpientes. El acido siálico es un azúcar y una especie de alfombra que tapiza las células, que se convierte en la primera línea de defensa del sistema inmunológico pues es uno de los primeros objetivos de los patógenos infecciosos tales como la malaria, el botulismo, el cólera y la gripe.
Pero se preguntaba en aquella época, cómo era posible una reacción alérgica al acido siálico Gc si está en todas partes, todos los mamíferos tiene Gc. Entonces la respuesta debía ser que los humanos son los únicos mamíferos que carecen de Gc y tuvo que esperar 14 años más para obtener la respuesta en 1998.
Varki y su equipo analizaron muestras de sangre de humanos, chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes y encontraron que los humanos son los únicos primates a quienes les falta el Neu5Gc (Gc), pero en cambio eran ricos en otra versión del ácido siálico, el N Acetil neuramíco Neu5Ac, a quien en adelante me referiré como Ac, para no marearlos. Pues bien como dije anteriormente los humanos no toleramos el Gc porque no lo tenemos en el cuerpo (es un extraño), pero en cambio tenemos Ac. No fabricamos el Gc a partir del Ac (que tenemos a cambio), porque carecemos de una enzima que le agregue un solo átomo de oxígeno al Ac para que se convierta en Gc. Todos los humanos carecemos de la enzima, pero todos los simios sí que la tienen. ¡Ajá! ¡Sí!, pero y ¿qué? ¿Para que nos sirve conocer eso? Varki y su equipo se propusieron no sólo conocer cómo la perdimos, sino cuándo y además porqué.
La razón de nuestra peculiaridad la encontraron en la perdida de una secuencia de 92 letras que habían desaparecido de un gen del cromosoma 6, llamado CMAH, que codifica la enzima que fabrica Gc. En la mitad del gen se encuentra una secuencia “Alu”, una especie de “gen saltarín” o transposón*, de un tipo que contamina nuestro genoma y el de muchas especies. En el genoma de los simios se encuentra una secuencia Alu más antigua aunque diferente; pero la del gen humano era exclusiva de los humanos. De tal suerte que en algún momento cuando nos separamos del linaje de los chimpancés la secuencia Alu hizo lo que mejor sabe hacer: saltar dentro del gen e intercambió el sitio con la antigua Alu y en ese brinco se llevó consigo las 92 letras que servían para codificar el acido siálico Gc a partir del Ac. Como cuando su hijo salta de la cama, se lleva consigo la sábana que termina destruyendo el jarrón que le había obsequiado la suegra como regalo de bodas (y que por cierto, a usted nunca le agradó – me refiero al jarrón, no a la suegra-). Pero si usted ama a su suegra haga de cuentas que alguien entró a su biblioteca y se llevó varios libros de su enciclopedia; o le entró un virus informático a su ordenador y desaparecieron algunos archivos.
Pero ahí no paró todo, como a Varki le interesaba saber la diferencia entre los simios y los humanos y su formación no era la de un paleontólogo pues sabía poco de evolución humana, excepto por lo aprendido como estudiante, o leyendo en National Geografic; entonces se dedicó educarse a sí mismo y estuvo en un corto período sabático en el centro Yerkes de primates en Atlanta, Georgia. Allí revisó las historias clínicas de los primates y no encontró entre ellos ni un solo caso de asma bronquial o artritis reumatoidea –común en los humanos- y tampoco encontró casos de malaria humana entre los simios por el Plasmodium falciparum, pero  encontró en ellos la malaria que los afecta a ellos por el Plamodium reichenowi y a nosotros no. Varki tiene una curiosidad insaciable, ha escuchado más de trescientas conferencias sobre evolución humana y ha colaborado con Juan Luis Arsuaga, de la Universidad Complutense de Madrid para el análisis bioquímico de fósiles de Homo antecesor de 900.000 años de antigüedad; puede decirse que es un paleontólogo Honoris Causa y confiesa que sus motivaciones secretas son casi egoístas: educarse a sí mismo; el conocimiento por el conocimiento; pero continuemos porque falta algo más fascinante.
Había que poder determinar cuándo se había producido la mutación. El ADN no es posible recuperarlo (por ahora) de fósiles muy antiguos de homininos, pero sí el ácido siálico. Encontró que los neandertales, al igual que nosotros, tenían Ac, pero no Gc. Como en los fósiles más antiguos de Kenia o Java el ácido siálico se había degradado demasiado, contando el número de cambios del gen CMAH de un hombre extinto y utilizando un reloj molecular, Yuki Takahata ha podido estimar que el cambio se produjo hace entre 2,5 o 3 millones de años en un humano que ahora es el antepasado de todos los humanos vivos.
Lo curioso del Gc es que es posible encontrarlo en todo el cuerpo de los mamíferos, excepto en el cerebro -el que se encuentra en nosotros es producto de la ingesta de carnes rojas de cerdo, cordero, res-. Es decir, el gen está completamente desactivado en el cerebro de los mamíferos. Debe haber alguna razón por la cual un cerebro de mamífero no puede funcionar adecuadamente a no ser que este gen se desactive. Pero ahora viene lo más audaz. Quizá la presión selectiva que actuó sobre nuestros antepasados para luchar contra la malaria, es decir que no nos contagiara el mismo tipo que la que contagia a los chimpancés permitió que nuestro cerebro se expandiera al perder Gc y conservar Ac, hace unos dos millones de años. Pero también esa expansión del cerebro nos dio mayor vulnerabilidad a condiciones exclusivamente humanas como la enfermedad de Alzheimer o la esclerosis múltiple.
Es de anotar que nuestro cerebro al nacer sólo tiene un tercio del tamaño final, mientras que en la mayoría de los mamíferos, primates incluidos, crece muy poco después del nacimiento. El peso encefálico de un neonato humano es 380 gramos y el de un adulto de 1340 gramos; el de un neonato chimpancé de 151 gramos y el del adulto 382 (todos en promedio). Como se ve el cerebro humano crece más que el de un chimpancé, pero más inmaduro. ¡Somos cabezones!
Antes de terminar quiero hacer una pequeña digresión. Si al perder Gc tampoco nos podía contagiar la malaria del chimpancé, ¿cómo es posible que nos contagie una malaria “exclusivamente humana”? La evolución es el resultado de una carrera armamentística por la supervivencia y la selección natural el vehículo. Es posible que el Plamodium reichenowi, diera origen al Plasmodium falciparum, por especiación (aparición de una nueva especie) para ocupar el nicho ecológico que ofrecían los homininos que no eran contagiados por el Plamodium reichenowi. Ahí hay una oportunidad para cualquier estudiante de doctorado de encontrar cuándo divergieron las dos especies de Plasmodium, y de llegarse a encontrar que coincide con las fechas estimadas por Varki: ¡Eureka! Todo encaja.
Los ácidos siálicos se hayan ampliamente en la naturaleza, excepto en las plantas. Entre sus funciones está el participar en la recepción de mensajes procedentes de otras células o en la comunicación de las células cerebrales durante las etapas de formación y desarrollo.
El caso es que nuestra pérdida de un azúcar, el acido siálico Gc nos da, como dijimos, mayor vulnerabilidad ante el cólera, la gripe, el botulismo y otras condiciones exclusivas del género Homo; pero además la ingesta de carnes rojas mencionadas más arriba, ricas en acido siálico Gc, hace que nuestro sistema inmune se debilite al tener que combatir contra un intruso que nos abandonó hace mas de 2,5 millones de años y que se suele acumular más selectivamente en los tumores cancerosos lo cual ha reavivado el debate sobre los hallazgos de correlación entre altas ingestas de carnes rojas y algunos tipos de cánceres, ciertas patologías inflamatorias y enfermedades coronarias. Lo cierto es que se deposita en los órganos y tejidos humanos y es reconocida como una molécula extraña no humana (una intrusa) lo cual provoca la respuesta inmunológica y de acuerdo con el doctor Varki. “aunque es improbable que la ingestión de esta molécula esté relacionada con el desarrollo de determinadas enfermedades, es concebible la idea de que su consumo gradual provoque una acumulación en los tejidos sanos. De esta forma podría explicarse un flujo anormal de anticuerpos, lo que podría contribuir al proceso inflamatorio que va unido a varias patologías”.
Aunque son investigaciones fascinantes y de gran interés, sus resultados no deben alarmar a nadie, pero son el punto de partida para otras de más profundidad ya que sus consecuencias están relacionadas con nuestra salud y la comprensión del proceso de hominización.


*En algunas especies constituyen hasta el cincuenta por ciento del ADN llamado basura (no codificante). Cuando saltan de un sitio a otro pueden arrastrar consigo algún gen codificador, de un cromosoma  a otro, rompiéndolo por la mitad o haciendo que desaparezca del todo.

Bibliografía
         1.- Nature 454; 21, 23 (2008)
            2.- Riddley, Matt. Qué nos hace humanos

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