domingo, 6 de septiembre de 2020

EL CROMOSOMA 2, EL ALMA Y EL PAPA

 EL CROMOSOMA 2, EL ALMA Y EL PAPA


ü  Todos somos simios, grupo que estuvo al borde de la extinción hace quince millones de años en franca competencia con los monos, mejor adaptados.

ü  Somos primates, grupo de mamíferos que casi se extinguió hace cuarenta y cinco millones de años, también en competencia con los roedores, más prolíficos, extendidos y con mejores adaptaciones.

ü  Descendemos de tetrápodos sinápsidos, un grupo de reptiles que casi desaparecen hace doscientos cincuenta millones de años compitiendo con los dinosaurios mejor diseñados.

ü  Venimos de peces con patas (sarcopterigios) que sobrevivieron por un pelo hace trescientos sesenta millones de años compitiendo con peces de aletas radiadas (actinopterigios).

ü  Somos cordados, un filo que apenas logro sobrevivir hace quinientos millones de años en el cámbrico compitiendo con los artrópodos.

 


   Chimpancés, gorilas y orangutanes tienen veinticuatro pares de cromosomas y hasta 1955 se aceptaba que los humanos teníamos veinticuatro pares también; pero todo cambió cuando el indonesio Joe-Hin Tjio se trasladó de España a Suecia para trabajar con Albert Levan. Con mejores técnicas Tjio y Levan descubrieron que no eran veinticuatro pares, sino veintitrés. Al tener un par menos, la razón no es  que un par de cromosoma de los grandes simios se haya extraviado en algún momento de la evolución, sino que dos de ellos se fusionaron  en nosotros. El cromosoma 2 contiene alrededor de  230 millones de pares de bases y representa el 15%  del total del ADN nuclear, por tanto es el segundo en tamaño de los cromosomas humanos y está formado por la fusión de dos cromosomas de simios. Esto es evidente porque gorilas, orangutanes y chimpancés tienen secuencias de ADN casi idénticas a las del cromosoma 2, pero en cromosomas separados. Normalmente los cromosomas tienen un solo centrómero, pero el cromosoma 2 humanos tiene restos de un segundo centrómero; también normalmente el telómero lo encontramos al final de cada cromosoma, pero en el cromosoma 2 humano se observan secuencias teloméricas adicionales en el centro. ¿Coincidencias? No: evidencias.

   Ante esta evidencia la religión católica en cabeza de Juan Pablo II, en su mensaje a la Academia Pontificia de Ciencias, el 22 de octubre de 1996 sostuvo que entre los simios actuales y el hombre había una “discontinuidad ontológica”, es decir un punto de inflexión en el cual el dios judeo-cristiano insufló un alma humana en una estirpe animal; con esta afirmación la Iglesia puede resignarse a la teoría de la evolución.

   El gran paleontólogo Stephen Jay Gould en su columna de Natural History comentando la actitud de Juan pablo II acerca de la evolución en una posición conciliatoria de pensamiento entre creyentes y no creyentes, llamada magisterios no superpuestos (MANOS), considera que la ciencia y la religión no están en conflicto porque sus enseñanzas ocupan dominios diferentes. Para Gould la red de la ciencia cubre el universo empírico: de qué está formado (hecho) y por qué funciona de esta manera (teoría); La red de la religión se extiende sobre cuestiones del significado y el valor moral.

   La respuesta del biólogo evolutivo, zoólogo, etólogo y divulgador científico Richard Dawkins no se hizo esperar en un documento con el título “Cuando la religión pisa el césped de la ciencia”. Para Dawkins no es tan sencillo ni perfecto, y cree que la postura de Gould y otros demuestra una blandeza o cobardía intelectual que aqueja a gente especialmente inteligente y racional. Dice Dawkins respecto a la postura del Papa sobre el momento de la transición:

En lenguaje corriente, hubo un momento en la evolución de los homínidos en el que Dios intervino e inyectó un alma humana en un linaje que previamente era animal. (¿Cuándo? ¿Hace un millón de años? ¿Hace dos millones de años? ¿Entre el Homo erectus y el Homo sapiens? ¿Entre el Homo sapiens "arcaico" y el Homo sapiens sapiens?). Es necesaria una inyección súbita, por supuesto, porque de otra manera no habría distinción en la que basar la moralidad católica, que es especiesista hasta la médula.

   Hoy podríamos añadir a los interrogantes que le hace Dawkins a la Iglesia, si el salto ontológico se produjo en el momento en que los dos cromosomas de los simios se fusionaron en el ancestro de los humanos y los genes del alma están en el cromosoma 2.

 

   William Thompson (Lord Kelvin) fue el primer científico británico en ser admitido en la Cámara de los Lores, en 1892: El título Kelvin se refiere al río Kelvin que corre muy cerca del laboratorio de la universidad de Glasgow.

   Kelvin siempre estuvo interesado en los descubrimientos relacionados con el radio y la radiactividad, pero se negaba a admitir (al principio) que la fuente de energía de los elementos radiactivos proviniera del interior, diciendo: “Me atrevo a sugerir que, de algún modo, ondas etéreas podrían suministrar energía al radio mientras éste cede calor a la materia ponderable de su entorno”.  Palabras más palabras menos, Kelvin creía que los átomos recogían energía del éter (en esa época se creía que el éter impregnaba todo el espacio), y luego lo liberaba en el momento de la desintegración. En 1904 en el congreso de la Asociación Británica abandonó esa idea (hay que reconocerle valentía intelectual), claro que nunca se retractó públicamente en un medio impreso. Durante dos años, al parecer, estuvo apartado de los logros de la comunidad de físicos y rechazaba la idea de que  la desintegración radiactiva transmutaba un elemento en otro, muy a pesar de las pruebas de Rutherford y otros mediante pruebas experimentales.  Frederick Soddy, un colaborador de Rutherford, perdió los estribos  y en un agrio debate con Kelvin en las páginas del Times de Londres se explayó irrespetuosamente: “Sería una lástima que el público se viera llevado a creer, equivocadamente, que quienes no han trabajado con cuerpos radiactivos [franca alusión a Kelvin] tienen derecho a una opinión de tanto peso como aquellos que lo han hecho”. Aquí sólo basta cambiar cuerpos radiactivos por biología, genética o evolución para que  la frase le encaje a la perfección al Vaticano y su séquito.

 

   Pero el asunto no acaba aquí, recientemente el Papa Francisco ha declarado, también en la Academia Pontifica de las Ciencias, que la evolución y el big bang son reales y que no son incompatibles con la existencia de un creador, sino que lo requieren –otra vez pisando el césped ajeno-. “Cuando leemos el Génesis, corremos el riesgo de imaginarnos a Dios como un mago con una varita mágica que le permite hacer todo. Pero no es así”, agregó. aqui

 

   Aunque el rigor científico de estas afirmaciones parece dudoso, es un intento por parte de la cabeza visible del catolicismo haciendo contorsiones retóricas para conciliar dos nociones del mundo y el universo incompatibles  -aunque los partidarios de los magisterios no solapados no lo crean-. Algunos expertos (más bien ilusos) consideran que estos comentarios pondrían el último clavo en el ataúd de pseudoteorías como el creacionismo y el diseño inteligente. No lo creo. Están demasiado incrustadas en el colectivo como para desaparecer con sólo una frase.

   La primera bofetada a la arrogancia cósmica del hombre se la propinaron Copérnico y Galileo al expulsar a la Tierra del centro del Universo, pero como la doctrina católica dice “si te dan en una mejilla pon la otra”, la segunda bofetada vino de Charles Darwin con la teoría de la evolución de las especies. El debate seguirá abierto muy a pesar de las declaraciones de Francisco, mientras las religiones-todas- le sigan pisando el césped a la ciencia.

 

   Finalmente, la reorganización del cromosoma 2 es sorprendente y casi con seguridad los híbridos de chimpancé y hombre serían estériles si pudieran sobrevivir, aunque en el pasado hayan contribuido a crear lo que los evolucionistas llaman “aislamiento reproductivo” entre especies. Está implicado en enfermedades como síndrome de Down, esclerosis lateral amiotrófica –la que padecía Stephen Hawkins-, hipotiroidismo congénito, susceptibilidad al asma y también posee vínculos con la esquizofrenia y la enfermedad de Huntington.