sábado, 20 de junio de 2015

PALEO-BIOLOGÍA DE LA INFIDELIDAD FEMENINA


Viñeta del dibujante Alberto Montt

Que el sexo acontezca en el momento preciso del mes es la estrategia de la Naturaleza para asegurarse que las parejas que se han juntado tengan descendencia. Para ello los olores están intensamente relacionados con la memoria la conducta sexual y las emociones. La nariz de las mujeres y sus circuitos cerebrales, al igual que el de los hombres y la mayoría de los mamíferos, son muy sensibles poco antes de la ovulación. Todo ello muy a pesar de que como primates hemos ganado mucha más sensibilidad visual a costas de la olfatoria, cuando abandonamos la comodidad de la selva tropical y nos adentramos en la riesgosa sabana arbolada durante las primeras etapas de nuestra evolución.  Aún somos sensibles no sólo a los olores ordinarios, sino a los imperceptibles  de las feromonas, a pesar de que algunos estudiosos niegan la existencia de ellas para los humanos y no terminan en ponerse de acuerdo al respecto.
Las feromonas, término acuñado a finales de los años 1950 del griego pheran, transferir y hormas, excitar, son sustancias que despiden la piel y las glándulas del sudor de los humanos y otros animales. Estas glándulas son las llamadas apocrinas en los humanos se localizan en la axila, periné y pubis y alteran las percepciones cerebrales y las emociones influyendo en las apetencias y deseos, entre ellos el deseo sexual. Aunque también poseemos este tipo de glándulas en el conducto auditivo externo y párpado, no son cruciales para el emparejamiento.

El cerebro cambia su sensibilidad al olor cuando el incremento del estrógeno conduce a la ovulación. Sólo se necesita una ínfima cantidad de una feromona para ocasionar un efecto tremendo. Esta es la razón por la que la industria de la perfumería se desespera intentando agregar esta sustancia a perfumes y lociones para después del afeitado; pero lo que no sabe es que el efecto depende de cada persona, del día y hasta de la hora del ciclo menstrual.
Antes de la ovulación, cuando las mujeres están en el pico de su fertilidad mensual, se hayan expuestas a una feromona de las glándulas sudoríparas masculinas llamada androstadienona –versión próxima de la androstenediona-, el mayor andrógeno que producen los ovarios: su agudeza mental se afina y su actitud cambia en el plazo de seis minutos, evitando que se pongan de mal talante durante las horas siguientes, es decir la preparan para las interacciones sociales y reproductivas. En la pubertad, sólo los cerebros femeninos –no los masculinos, excepto los de los homosexuales- son capaces de detectar la androstadienona, y son sensibles a su efecto durante ciertas fases del mes.

En la Universidad Carlos, en Praga, Jan Havlicek, encontró que las mujeres que están ovulando y ya tienen pareja prefieren el olor corporal de otros hombres más dominantes; en cambio, las mujeres sin pareja no tenían esta preferencia. El investigador sostiene que sus hallazgos fundamentan la teoría de que las mujeres sin pareja quieren hombres que las cuiden y ayuden a fundar una familia –hasta ahí nada nuevo-; pero una vez asegurado el hogar sienten la necesidad biológica de tontear con hombres que tengan mejores genes. Algunos estudios sobre emparejamiento en aves, que se pensaba que se mantenían monógamos de por vida (el cisne es el caso más conocido), mostraron que hasta un 30% de las crías eran de otros machos que aquellos que les cuidaban y vivían con las madres. Me dirán es que no somos aves. Esperen. Sigan leyendo.

No estoy intentando destruir el mito de la fidelidad femenina, ni más faltaba; estoy exponiendo los resultados de estudios serios y que no tienen un sesgo sexista. Entre 1993 y 1995 los investigadores R. Baker y M. A. Bellis, llevaron a cabo un estudio en Gran Bretaña y Estados Unidos y encontraron que entre un 5 y un 30 por ciento de los niños nacidos en  hospitales reconocidos no tienen relación genética alguna con los padres que creían haberlos engendrado. Es decir no eran sus padres biológicos. Dichos estudios sí fueron publicados en la revista Animal Behaviour, y digo que sí porque ya en 1940 un reputado médico investigando sobre los grupos sanguíneos, en 1940, encontró que un 10 por ciento de los hijos eran producto del adulterio femenino; pero guardó un prudente silencio y nunca publicó sus resultados –en esos años los hábitos sexuales eran un tema tabú- y hasta ahora ha preferido mantenerse en el anonimato. Ese 10 por ciento puede que sea superior ya que no todas las relaciones de adulterio terminan con un embarazo. El secreto profesional impide que revelen a nadie esta circunstancia, pero no impide que los investigadores se pregunten por qué ocurre. ¿Acaso el cerebro es más propicio a desatar el orgasmo y a concebir con un hombre distinto a su pareja habitual? Estoy caminando por una pendiente resbaladiza y hasta puede que algunos piensen que es una posición políticamente incorrecta y sexista; pero no. Estoy exponiendo lo que se ha descubierto hasta ahora. Se cree que sentir el orgasmo con una pareja deseable y distinta es ventajoso para la reproducción (Hardy, Sara, 1997. El aumento de la conciencia de Darwin). Como ya dijimos en una entrada anterior, desde hace mucho se sabe que las succiones uterinas y las contracciones musculares asociadas al orgasmo tiran del esperma  a través de la mucosa cervical para ayudarlo en su carrera hacia el óvulo acercándolo a él; el orgasmo con un hombre atractivo aporta mayor probabilidad de que el esperma llegue al óvulo. Este incrementa la probabilidad de concebir con una pareja deseable podría ser la razón por lo que las mujeres estén en general más atraídas por otros hombres durante la segunda semana del ciclo menstrual – antes de la ovulación- que es el momento más fértil y erótico de su ciclo.

También hay estudios que muestran que las mujeres con amantes paralelos empiezan a fingir el orgasmo con más frecuencia con sus parejas estables (Thornhill, 1995). También era más común fingir el orgasmo con las parejas fijas cuando sólo se limitaban a tontear con otros, aunque no llegaran a tener relaciones sexuales. Como el cerebro de los hombres está diseñado para buscar indicios de satisfacción ya que ello indica, aunque no garantiza, la fidelidad de la mujer, fingir el orgasmo puede servir para que la pareja estable de  una mujer no piense, ni tenga indicios de ella; así como fingir interés en su pareja estable es un viejo truco de los hombres para engañar a la mujer respecto a la fidelidad, con mucha frecuencia, durante varios años de matrimonio. Confunde para que no sospechen. Algunas aves, cuando un depredador se acerca al nido, poniendo en peligro la supervivencia de sus polluelos, salen de éste caminando como si tuvieran un ala rota, lo cual desvía la atención del cazador en su nidada y atrayéndola hacia ella.


Igualmente se ha encontrado que cuando las mujeres tienen amantes clandestinos retienen menos esperma de sus parejas estables y experimentan más orgasmos durante las relaciones paralelas, reteniendo más semen de los amantes secretos. Resumiendo, todos estos hallazgos sugieren que el orgasmo femenino tiene poco que ver con que los elegidos para casarse sean bien parecidos, que con otras más -bien ocultas e inconscientes- sobre las dotes genéticas de los amantes secretos. Están diseñadas de tal modo que dejan abiertas las opciones para fingir orgasmos con el fin de alejar la atención de la pareja de sus infidelidades. Las mujeres no están más diseñadas que los hombres para la monogamia (Hrdy, Sara. 1997). Después de todo la mayor parte de nuestra evolución ocurrió en unas condiciones difíciles, en ambientes hostiles, en donde era, biológicamente, más importante incrementar la diversidad genética y la supervivencia del individuo y su descendencia que algunas consideraciones de tipo ético que aparecieron mucho después, cuando nuestro cerebro aumentó de tamaño y los grupos se hicieron más numerosos para lo cual debían existir normas que mantuvieran la convivencia pacífica, pues al fin y al cabo la alta y sofisticada sociabilidad es una de las características más notables de nuestra especie, sociabilidad que le permitió salir adelante en un ambiente por lo demás difícil para un mono recién salido de la comodidad de la selva y con muy pocas “herramientas” para competir y subsistir en un mundo que nada tenía que ver con el “paraíso” bíblico. Pero como especie inteligente (Homo), llevamos muy poco –menos de doscientos mil años- y nuestras herramientas biológicas y cognitivas fueron diseñadas para sobrevivir en un ambiente diferente y aún no han tenido el tiempo suficiente para cambiar –los genes viajan a caballo y la cultura en avión-. En fin, aún llevamos esculpido en nuestro cerebro gran parte del comportamiento  de un mono del paleolítico.

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