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| Viñeta del dibujante Alberto Montt |
Que el sexo acontezca en el
momento preciso del mes es la estrategia de la Naturaleza para asegurarse que
las parejas que se han juntado tengan descendencia. Para ello los olores están
intensamente relacionados con la memoria la conducta sexual y las emociones. La
nariz de las mujeres y sus circuitos cerebrales, al igual que el de los hombres
y la mayoría de los mamíferos, son muy sensibles poco antes de la ovulación.
Todo ello muy a pesar de que como primates hemos ganado mucha más sensibilidad
visual a costas de la olfatoria, cuando abandonamos la comodidad de la selva
tropical y nos adentramos en la riesgosa sabana arbolada durante las primeras
etapas de nuestra evolución. Aún somos
sensibles no sólo a los olores ordinarios, sino a los imperceptibles de las feromonas, a pesar de que algunos
estudiosos niegan la existencia de ellas para los humanos y no terminan en
ponerse de acuerdo al respecto.
Las feromonas, término
acuñado a finales de los años 1950 del griego pheran, transferir y hormas,
excitar, son sustancias que despiden la piel y las glándulas del sudor de los
humanos y otros animales. Estas glándulas son las llamadas apocrinas en los
humanos se localizan en la axila, periné y pubis y alteran las percepciones
cerebrales y las emociones influyendo en las apetencias y deseos, entre ellos
el deseo sexual. Aunque también poseemos este tipo de glándulas en el conducto
auditivo externo y párpado, no son cruciales para el emparejamiento.
El cerebro cambia su
sensibilidad al olor cuando el incremento del estrógeno conduce a la ovulación.
Sólo se necesita una ínfima cantidad de una feromona para ocasionar un efecto
tremendo. Esta es la razón por la que la industria de la perfumería se
desespera intentando agregar esta sustancia a perfumes y lociones para después
del afeitado; pero lo que no sabe es que el efecto depende de cada persona, del
día y hasta de la hora del ciclo menstrual.
Antes de la ovulación, cuando
las mujeres están en el pico de su fertilidad mensual, se hayan expuestas a una
feromona de las glándulas sudoríparas masculinas llamada androstadienona –versión próxima de la androstenediona-, el mayor andrógeno que producen los ovarios: su
agudeza mental se afina y su actitud cambia en el plazo de seis minutos,
evitando que se pongan de mal talante durante las horas siguientes, es decir la
preparan para las interacciones sociales y reproductivas. En la pubertad, sólo
los cerebros femeninos –no los masculinos, excepto los de los homosexuales- son
capaces de detectar la androstadienona, y son sensibles a su efecto durante
ciertas fases del mes.
En la Universidad Carlos, en
Praga, Jan Havlicek, encontró que las mujeres que están ovulando y ya tienen
pareja prefieren el olor corporal de otros hombres más dominantes; en cambio,
las mujeres sin pareja no tenían esta preferencia. El investigador sostiene que
sus hallazgos fundamentan la teoría de que las mujeres sin pareja quieren
hombres que las cuiden y ayuden a fundar una familia –hasta ahí nada nuevo-;
pero una vez asegurado el hogar sienten la necesidad biológica de tontear con
hombres que tengan mejores genes. Algunos estudios sobre emparejamiento en
aves, que se pensaba que se mantenían monógamos de por vida (el cisne es el
caso más conocido), mostraron que hasta un 30% de las crías eran de otros
machos que aquellos que les cuidaban y vivían con las madres. Me dirán es que no somos aves. Esperen. Sigan
leyendo.
No estoy intentando destruir
el mito de la fidelidad femenina, ni más faltaba; estoy exponiendo los
resultados de estudios serios y que no tienen un sesgo sexista. Entre 1993 y
1995 los investigadores R. Baker y M. A. Bellis, llevaron a cabo un estudio en
Gran Bretaña y Estados Unidos y encontraron que entre un 5 y un 30 por ciento
de los niños nacidos en hospitales
reconocidos no tienen relación genética alguna con los padres que creían
haberlos engendrado. Es decir no eran sus padres biológicos. Dichos estudios sí
fueron publicados en la revista Animal Behaviour,
y digo que sí porque ya en 1940 un reputado médico investigando sobre los
grupos sanguíneos, en 1940, encontró que un 10 por ciento de los hijos eran
producto del adulterio femenino; pero guardó un prudente silencio y nunca
publicó sus resultados –en esos años los hábitos sexuales eran un tema tabú- y
hasta ahora ha preferido mantenerse en el anonimato. Ese 10 por ciento puede
que sea superior ya que no todas las relaciones de adulterio terminan con un
embarazo. El secreto profesional impide que revelen a nadie esta circunstancia,
pero no impide que los investigadores se pregunten por qué ocurre. ¿Acaso el
cerebro es más propicio a desatar el orgasmo y a concebir con un hombre
distinto a su pareja habitual? Estoy caminando por una pendiente resbaladiza y
hasta puede que algunos piensen que es una posición políticamente incorrecta y
sexista; pero no. Estoy exponiendo lo que se ha descubierto hasta ahora. Se
cree que sentir el orgasmo con una pareja deseable y distinta es ventajoso para
la reproducción (Hardy, Sara, 1997. El
aumento de la conciencia de Darwin). Como ya dijimos en una entrada
anterior, desde hace mucho se sabe que las succiones uterinas y las
contracciones musculares asociadas al orgasmo tiran del esperma a través de la mucosa cervical para ayudarlo
en su carrera hacia el óvulo acercándolo a él; el orgasmo con un hombre
atractivo aporta mayor probabilidad de que el esperma llegue al óvulo. Este incrementa
la probabilidad de concebir con una pareja deseable podría ser la razón por lo que
las mujeres estén en general más atraídas por otros hombres durante la segunda
semana del ciclo menstrual – antes de la ovulación- que es el momento más
fértil y erótico de su ciclo.
También hay estudios que
muestran que las mujeres con amantes paralelos empiezan a fingir el orgasmo con
más frecuencia con sus parejas estables (Thornhill, 1995). También era más
común fingir el orgasmo con las parejas fijas cuando sólo se limitaban a
tontear con otros, aunque no llegaran a tener relaciones sexuales. Como el
cerebro de los hombres está diseñado para buscar indicios de satisfacción ya
que ello indica, aunque no garantiza, la fidelidad de la mujer, fingir el
orgasmo puede servir para que la pareja estable de una mujer no piense, ni tenga indicios de
ella; así como fingir interés en su pareja estable es un viejo truco de los
hombres para engañar a la mujer respecto a la fidelidad, con mucha frecuencia,
durante varios años de matrimonio. Confunde para que no sospechen. Algunas
aves, cuando un depredador se acerca al nido, poniendo en peligro la
supervivencia de sus polluelos, salen de éste caminando como si tuvieran un ala
rota, lo cual desvía la atención del cazador en su nidada y atrayéndola hacia
ella.
Igualmente se ha encontrado que
cuando las mujeres tienen amantes clandestinos retienen menos esperma de sus
parejas estables y experimentan más orgasmos durante las relaciones paralelas,
reteniendo más semen de los amantes secretos. Resumiendo, todos estos hallazgos
sugieren que el orgasmo femenino tiene poco que ver con que los elegidos para
casarse sean bien parecidos, que con otras más -bien ocultas e inconscientes-
sobre las dotes genéticas de los amantes secretos. Están diseñadas de tal modo
que dejan abiertas las opciones para fingir orgasmos con el fin de alejar la
atención de la pareja de sus infidelidades. Las mujeres no están más diseñadas
que los hombres para la monogamia (Hrdy, Sara. 1997). Después de todo la mayor
parte de nuestra evolución ocurrió en unas condiciones difíciles, en ambientes
hostiles, en donde era, biológicamente, más importante incrementar la
diversidad genética y la supervivencia del individuo y su descendencia que
algunas consideraciones de tipo ético que aparecieron mucho después, cuando
nuestro cerebro aumentó de tamaño y los grupos se hicieron más numerosos para
lo cual debían existir normas que mantuvieran la convivencia pacífica, pues al
fin y al cabo la alta y sofisticada sociabilidad es una de las características más
notables de nuestra especie, sociabilidad que le permitió salir adelante en un
ambiente por lo demás difícil para un mono recién salido de la comodidad de la
selva y con muy pocas “herramientas” para competir y subsistir en un mundo que
nada tenía que ver con el “paraíso” bíblico. Pero como especie inteligente
(Homo), llevamos muy poco –menos de doscientos mil años- y nuestras
herramientas biológicas y cognitivas fueron diseñadas para sobrevivir en un
ambiente diferente y aún no han tenido el tiempo suficiente para cambiar –los
genes viajan a caballo y la cultura en avión-. En fin, aún llevamos esculpido
en nuestro cerebro gran parte del comportamiento de un mono del paleolítico.

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