miércoles, 20 de mayo de 2015

EL CEREBRO Y EL AMOR PERDIDO



No ganas al intentar, el olvidarme…
ROBERTO CARLOS, canción “Detalles”



En Nueva Guinea los hombres rechazados componen canciones de amor a las que llaman namai y que hablan sobre “matrimonios que podrían haber sido”. En la India, hombres y mujeres con el corazón destrozado formaron La Sociedad para el Estudio de los Corazones Rotos y se reúnen el tres de Mayo de cada año para celebrar el Día Nacional de los Corazones Rotos intercambiando historias, compartir experiencias, y consolarse mutuamente: Igual que cualquier club de adictos con la ilusión de superar la adicción. Y es que casi todo el mundo siente la angustia del rechazo amoroso en algún momento de su vida; nadie escapa a los sentimientos de vacío, desesperanza, miedo y furia que genera el rechazo.

La experiencia más estresante para un bebé es la de la separación de la madre que le cuida para garantizar su supervivencia. El mecanismo del desespero por separación o desarraigo es innato en todos los recién nacidos para ayudarles a sobrevivir. En los adultos el mismo mecanismo se activa cuando se pierde un gran amor.
La neurociencia ha descubierto que el dolor físico tiene dos componentes: un sentimiento emocional desagradable y un sentimiento de trastorno de los sentidos. Dichos componentes están asociados a estructuras distintas del cerebro. El dolor social también está asociado a una estructura llamada giro cingular anterior, la misma estructura implicada en el componente emocional del dolor físico (Eisenberger, Naomi I., et al., Science, 10  # 5643, Octubre 2003).  Como es fascinante que el dolor producido por un golpe en cualquier parte del cuerpo y el de un desaire después de un intento de seducción, o el  abandono, sean compañeros de habitación en el cerebro, a algunos investigadores, aparentemente insensatos, se les ocurrió la idea de que era posible que los mismos analgésicos que reducen la respuesta del cerebro al dolor físico también lo podrían hacer con el dolor social. Y  los resultados también fueron fascinantes, pues por lo que parece el paracetamol reduce la respuesta neuronal al rechazo social. Pero ¡cuidado!, no estamos diciendo que para aliviar el dolor social sea suficiente con un analgésico, es más complicado que eso, pues aunque exista una correlación también hay otras estructuras neuronales implicadas en el dolor social del abandono.

Neurocientíficos y psiquiatras dividen el rechazo romántico en dos etapas: Protesta y resignación/desesperación. Durante la primera fase (de protesta) los amantes abandonados intentan recuperar al amado. Cuando la resignación toma asiento, se rinden por completo y son presas de la desesperación. Los amantes rechazados utilizan medidas extraordinarias para reencontrarse con su pareja, recorriendo los sitios que frecuentaban juntos, telefonean a cualquier hora de día o de noche, escriben o envían correos electrónicos y hasta suplican. Irrumpen en la casa o sitio de trabajo de su ser amado, acosan, amenazan, se marchan furiosos para volver al poco tiempo y renovar su llamamiento a la reconciliación: obsesionados, sería el diagnóstico de cualquier psiquiatra, por disminución de la dopamina y un bajón de serotonina. Esta es la fase de la abstinencia en las adicciones y también en el trastorno obsesivo compulsivo, (TOC).

En el sótano del cerebro están ubicadas las fábricas de dopamina y de allí se bombean al núcleo caudado y otras regiones donde se genera la motivación para alcanzar determinadas recompensas. Pero si la recompensa tarda en llegar, estas neuronas productoras de dopamina prolongan su actividad, aumentando los niveles de este estimulante natural. Los niveles altos de dopamina van ligados a una motivación intensa y conductas dirigidas a unos objetivos; tal como lo hace la ansiedad y el miedo. La dopamina se puede transformar en norepinefrina y ésta en epinefrina. Los daños que producen los altos niveles de la epinefrina en el torrente sanguíneo son harto conocidos: nos prepara para la lucha o la huida,  incrementa el nivel de glucosa en sangre, acelera los latidos cardíacos, aumenta la respiración. Si no se produce ni la huida ni la lucha, esta hormona causa estragos.

Algunas veces la protesta funciona y puede ser eficaz en las relaciones amorosas. Quienes abandonan a su pareja pueden experimentar sentimientos de culpa de ser los causantes de la ruptura, de tal suerte que mientras más protesta la persona rechazada, más probable es que la persona que provocó la ruptura reconsidere su actitud y reanude la relación. Algunos lo hacen temporalmente. La protesta funciona, pero no siempre.

En la fase de resignación la furia del abandono es diferente al combate entre iguales por el cortejo de una hembra. El ganador suele manifestar un sentimiento de triunfo y el perdedor siente la ignominia al retirarse, pero ninguno de los dos parece estar furioso.
La furia es excesivamente costosa desde el punto de vista metabólico: estresa el corazón, eleva la presión sanguínea y anula el sistema inmunitario. Pero la furia del abandono parece tener un objetivo biológico: impulsar a los amantes a deshacerse de uniones sin futuro, a cerrar las heridas y a reanudar la búsqueda en otros sitios.
Por otra parte, si la persona rechazada ha tenido hijos durante la existencia de esta sociedad, ahora en quiebra, la furia del abandono se concentra en luchar por el bienestar de éstos, aunque muchas veces son utilizaos para extorsionar al otro. Lo vemos en los trámites de divorcio en las sociedades humanas. Hombres y mujeres considerados equilibrados se vuelven despiadados. Y no es sorprendente que desemboque en violencia. Tanto unos como otras han desperdiciado tiempo, energía y recursos en una pareja que ahora les abandona.

Las mujeres rechazadas, lloran, pierden peso, duermen poco o mucho, pierden interés por el sexo y se retraen socialmente; pero pueden desahogar por escrito su pena o hablar con por teléfono ante un oído compasivo, volviendo a contarlo todo, aunque esto sea contraproducente, ya que rememorar produce cierto alivio
Las mujeres también acosan, pero en menor medida que los hombres y son menos dadas a lesionar o asesinar a sus compañeros. Prefieren reprocharse a sí mismas sus defectos, intentar atraer y seducir con la esperanza de reconstruir la relación. Se muestran más propicias a hablar y comprender los problemas; pero cuando todo esto falla algunas mujeres también recurren al acoso. Se cree que entre un cuatro y ocho por ciento de los hombres que fueron víctimas de homicidio murieron a manos de su actual o anterior pareja. Sin embargo de este porcentaje hay que tener en cuenta que algunas padecen otros problemas mentales. Medea es el caso más representativo de todas las leyendas sobre agresiones protagonizadas por mujeres. Según la leyenda griega cuando Jasón la rechaza para casarse con la hija de Creonte, rey de  Corinto, la celosa Medea envía un vestido emponzoñado a la nueva esposa de Jasón, el cual se enciende en llamas matándola. Pero no contenta con ello también acaba con el ADN de Jasón al asesinarle los hijos.

Los hombres suelen depender más de sus parejas románticas, probablemente porque ellos mantienen menos lazos con parientes y amigos. Quizá por ello los hombres muestran una mayor tendencia a recurrir al alcohol, las drogas o conductas imprudentes y no a sus familiares o amigos cuando pierden la esperanza de recuperar a la pareja perdida. Revelan menos su dolor y enmascaran su tristeza, puntuando bajos en la escala de depresión; pero al observar sus hábitos diarios, rendimiento laboral e interacciones con amigos muestran su pena; de ahí que tengan dos o tres veces más probabilidades de cometer suicidio que las mujeres.

¿Y LOS CELOS QUÉ?
Si hay algo común en todo el mundo son los celos. Este afán posesivo en toda la naturaleza ha hecho que los científicos lo etiqueten como “vigilancia de la pareja” y lo practica la gran mayoría de los animales.
En una relación amenazada por un rival algunas persona celosas se tornan de mal humor; otras intentan controlar el tiempo libre de su pareja o lo monopolizan: les ocultan de interacciones sociales o les riñen sin les ven relacionándose en cualquier acto social; hay quienes intentarán suscitar los celos de su enamorado; algunos hacen ostentación  de ser más listos, sexualmente atractivos o ricos que el competidor potencial; pueden colmar a su amado de regalos y atenciones y en casos extremos manipulan y chantajean a su pareja amenazando con suicidarse si ésta le abandona.
Aunque hombres y mujeres suelen ponerse celosos por las mismas cosas, pero las motivaciones evolutivas son diferentes. A los hombres los enfurece la idea de una infidelidad sexual, tanto si es real como imaginaria porque el coste es considerable en caso de engaño: podría estar malgastando tiempo y energía en el ADN de otro. Quizá por ello tienen mayor tendencia a desafiar al rival mediante agresiones físicas o palabras desagradables, aunque los altos niveles de testosterona aportan su cuota en la mayor agresividad de los hombres.
Así como los hombres le temen a la infidelidad, las mujeres le temen al abandono emocional y financiero. Esther Vilar, la escritora argentina, dice en su libro El varón domado, que su furia se debe a la pérdida de un buen negocio. De hecho las mujeres –más que los hombres-, muestran una mayor tendencia a pasar por alto una aventura pasajera o “cana al aire” con una rival. Pero cuando la mujer cree que su compañero está derrochando tiempo y recursos que le pertenecen a ella o a su prole con una rival puede ser extremadamente celosa y violenta. Hay casos extremos en los que dice “mientras me mantenga a mí y a mis hijos, no me importa lo que haga con su bragueta”. Y todos conocemos o hemos conocido al menos un caso.

ACOSAR, GOLPEAR…
Los hombres acechan, persiguen, acosan a la amante que les ha abandonado. Algunos no paran de hacer llamadas o enviar mensajes suplicantes o infames; otros les roban objetos de valor o muy personales, como ropa interior, por ejemplo; les siguen en su coche, o merodean alrededor de su casa o lugar de trabajo para insultarla o implorarle. Pero los hombres, por su mayor tamaño y fuerza, también dan palizas. Las estadísticas en Estados Unidos muestran que una de cada cuatro mujeres es golpeada, empujada, abofeteada o maltratada físicamente por su perseguidor. Un tercio de las mujeres estadounidenses que solicitan atención médica urgente, una de cada cuatro mujeres que intentan suicidarse y un veinte por ciento de las embarazadas que necesitan asistencia prenatal han sufrido palizas por parte de un compañero sentimental.

…Y MATAR
Los hombres también matan. De cada cien mujeres asesinadas, se cree que un 37-40 por ciento mueren a manos de su marido, ex marido, novio o ex novio, sin embargo los expertos creen que este porcentaje es más alto, entre un 50 y 70 por ciento. Otelo es el ejemplo más representativo para la cultura occidental.
Al igual que el amor, el odio es ciego; para algunos ninguna forma de violencia es demasiado extrema. Y esta violencia es generada, al menos en parte por la química cerebral: niveles elevados de dopamina y norepinefrina. Estos altos niveles de estimulantes naturales, probablemente facilitan al acosador, al maltratador o al asesino una atención focalizada y una energía desmedida. Por otra parte, los niveles elevados de dopamina a menudo están asociados con una violencia impulsiva hacia otras personas. Quiero dejar bien claro que todo lo dicho aquí es una explicación y no ¡una justificación! Por supuesto que los acosadores y los asesinos son responsables de sus crímenes pasionales. No en vano hemos desarrollado mecanismos cerebrales especializados y muy sofisticados para el control de nuestros impulsos violentos. Nuestra responsabilidad y nuestra moral, son producto de un constructo social y no de unas moléculas químicas en el cerebro.
Pero por desgracia, algunos hombres y mujeres no los controlan y terminan asesinando a otros hombres o mujeres que antes habían amado. O suicidándose.

LA MEDICINA MODERNA AL RESCATE
El hombre que acaba de perder el trabajo sufre un tipo distinto de depresión que la depresión postparto de una mujer. El amor rechazado suele provocar a su vez otro tipo distinto de depresión y dentro de esta quienes están pasando por la fase inicial de protesta experimentan síntomas distintos a quienes están en la fase de desesperanza. Todas las formas de depresión se manifiestan mediante síntomas básicos como incapacidad para recordar hechos o cosas cotidianas, falta de concentración en tareas habituales, pensamiento obsesivo en el problema y tristezas y muchos contemplan la posibilidad del suicidio.

Existen algunos fármacos utilizados para mejorar los trastornos obsesivos y la depresión, de los cuales los más conocidos son Prozac y Zolof. Estos son los inhibidores selectivos de la re-captación de la serotonina (ISRS). Impiden que ésta se diluya en el cerebro, manteniendo los niveles estables. Quizá en el futuro, desenamorarse sea cuestión de tomarse una pastilla, pero por ahora no es tan sencillo.
Cuando la medicación surte efecto esta absoluta tristeza empieza a diluirse y el sufrimiento físico y psíquico  se siente con menor intensidad. El pensamiento obsesivo hacia el otro va disminuyendo, se empieza a comer y dormir mejor, la reflexión incesante es cada vez menos frecuente, se empieza a llevar mejor el trabajo, el deseo de contactar a la persona amada ya no es tan fuerte y la furia, desesperación o nostalgia irrumpen cada vez menos en nuestro pensamiento.
Pero, ¡cuidado! Todo lo que funciona en medicina tiene efectos secundarios, inclusive la llamada medicina natural o alternativa. Cuando a usted le dicen que algo no tiene efectos secundarios, desconfíe; es posible que sucedan tres cosas: 1) no se han estudiado los efectos secundarios; 2) no sirve para nada y 3) Todas las anteriores. Entre los efectos secundarios conocidos está el aumento de peso, retardo en la excitación sexual, disminución de  la libido, incapacidad para alcanzar la erección, eyaculación u orgasmo y hasta una sensación de apatía, el llamado embotamiento afectivo.
Es preferible sobrellevar todos estos efectos secundarios cuando alguien tiene deseos de suicidarse o de matar a alguien, pero es conveniente evaluar periódicamente su estado y combinar los antidepresivos con elevadores de la dopamina que no producen incremento de peso ni disminución del deseo sexual; es más algunos pacientes manifiestan todo lo contrario, un incremento del deseo sexual. Claro que estos elevadores de dopamina no son tan predecibles a la hora de mejorar la depresión con tendencias suicidas.

No hay que auto medicarse, hay que ponerse en manos de especialistas porque no hay ningún medicamento antidepresivo que funcione bien para todos los pacientes. Cada usuario en colaboración con su médico debe encontrar el adecuado. Además no hay antidepresivo alguno que elimine por completo la angustia del amor perdido y todos tienen efectos secundarios de uno u otro tipo.

Hoy existen discrepancias entre la utilización de medicamentos y la psicoterapia; pero en vez de centrarse en las bondades de cada una, es preferible la combinación de ambas o escoger la que más convenga de acuerdo a cada caso. Algunos llevan mejor los antidepresivos que hablar, otros lo contrario, y en algunos casos ambos. Sea cual sea el caso que usted conozca o sienta, siempre es mejor estar en manos de un especialista, y por supuesto, hay algo que termina curando el desamor, aparte de otro amor: el tiempo.
 El canta autor brasileño Roberto Carlos en su canción Detalles dice…el tiempo que rasforma todo amor en casi nada…


Bibliografía
        1.- Fisher, Helen. Por qué amamos
            2.- Mlodinov, Leonard. Subliminal

            3.- Swaab, Dick. Somos nuestro cerebro

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